En Soledad, California, un trabajador subió a un tractor y arrancó de raíz un viñedo completo de pinot noir. Después, otro trabajador le prendió fuego a los postes de madera que durante años habían sostenido esas parras. El dueño del campo, Jason Smith, de 57 años, observaba la escena apoyado en su camioneta, viendo arder el negocio familiar que su gente había mantenido durante 51 años. Su explicación fue tan simple como devastadora: “no hay literalmente ninguna forma de que yo gane dinero”. Así lo relató un reportaje reciente del New York Times, y la escena resume de cuerpo entero la crisis que está viviendo hoy la industria del vino en Estados Unidos.

Un colapso de dos décadas

Las ventas de vino en Estados Unidos están en su nivel más bajo en más de veinte años. Las razones se acumulan: cada vez más consumidores —sobre todo los más jóvenes— están cambiando el vino por cócteles enlatados, seltzers y bebidas sin alcohol, en parte empujados por crecientes advertencias de salud pública sobre los efectos del consumo de alcohol. A eso se suma que buena parte de esa generación joven encuentra al vino tradicional poco atractivo y difícil de entender, según describe el reportaje.

California, que produce cerca del 80% del vino que se consume en el país, es donde el golpe se siente con más fuerza. El estado elaboró en 2025 menos vino que en los últimos 25 años, y la sobreoferta acumulada —producto de años de sobreplantación— es tan grande que, según el reportaje, varios productores directamente optaron por no cosechar sus uvas este año, porque hacerlo les costaba más de lo que podían recuperar vendiéndolas. En el conjunto del estado, cerca de 38.000 acres de viñedos (unas 15.380 hectáreas) —alrededor de un 7% de la superficie plantada— fueron arrancados durante 2025.

El caso del pinot noir, de película de culto a crisis de sobreoferta

El pinot noir es, según el propio reportaje, el ejemplo que mejor resume el ciclo de auge y caída que atraviesa hoy la vitivinicultura estadounidense. La variedad, originaria de la región francesa de Borgoña, era relativamente poco popular en Estados Unidos frente a variedades como cabernet sauvignon o merlot, hasta que la película independiente “Sideways” (2004), protagonizada por Paul Giamatti, catapultó su popularidad casi de la noche a la mañana. De un día para otro, pequeños pueblos de California que hasta entonces vivían tranquilos empezaron a recibir oleadas de turistas y compradores interesados específicamente en pinot noir, y varios viñateros de la zona se quedaron sin stock antes de lo que jamás hubieran imaginado.

Ese boom llevó a que se plantara mucho más pinot noir del que el mercado terminaría necesitando. Dos décadas después, esa misma variedad es una de las que más está sufriendo el ajuste: algunos productores están arrancando sus parras y replantando con variedades blancas que hoy tienen más demanda, como fiano o grüner veltliner, mientras otros simplemente están reduciendo su producción para adaptarse a un mercado mucho más chico que el que existía hace algunos años.

La guerra comercial también pasa la cuenta

A la caída del consumo interno se suma un frente adicional: la guerra arancelaria del gobierno de Donald Trump ha llevado a que algunas provincias de Canadá —tradicionalmente uno de los principales mercados de exportación para el vino estadounidense— prohibieran la venta de alcohol proveniente de Estados Unidos como forma de represalia, golpeando aún más las ventas de viñas que ya venían débiles desde antes.

Cuando el precio de la uva deja de tener sentido

La magnitud del ajuste se nota mejor en los números que en cualquier otra cosa. Un productor de la zona de Anderson Valley —una de las regiones más reconocidas de California para el pinot noir— relató a un medio especializado que uvas de su viñedo que normalmente se vendían en torno a los US$8.000 la tonelada hoy se están transando, cuando encuentran comprador, a cerca de US$1.000. En publicaciones de la misma industria también ha trascendido —aunque sin confirmación oficial— que al menos una bodega grande del condado de Sonoma habría comprado partidas de vino a granel a precios extremadamente bajos, en torno a los 50 centavos de dólar el galón, una señal más de una sobreoferta que la industria no logra absorber.

Ese desajuste entre lo que cuesta producir un viñedo y lo que hoy paga el mercado es, en el fondo, la explicación económica detrás de escenas como la del viñedo incendiado de Jason Smith: para muchos productores, mantener las parras en producción cuesta más de lo que se puede recuperar vendiendo la uva, así que arrancarlas y dedicar el terreno a otra cosa termina siendo la decisión más racional, por dolorosa que sea.

Cómo está respondiendo la industria

No todos los productores están optando por cerrar. El reportaje del New York Times describe al menos dos caminos distintos que están tomando los viñateros de California para adaptarse a este nuevo escenario. Algunos están arrancando variedades tintas como el pinot noir para replantar con variedades blancas que hoy tienen mejor demanda entre los consumidores, como fiano o grüner veltliner. Otros, en cambio, optaron simplemente por reducir su volumen de producción, apostando a mantenerse en un mercado más pequeño en vez de intentar competir en un segmento sobreabastecido.

Adriana Fabbro, dueña de la tienda de vinos Wine on Piedmont, en Oakland, plantea que la industria todavía no logra resolver un desafío de fondo: cómo producir un pinot noir de precio accesible sin sacrificar la calidad que el consumidor espera de esa variedad. Y en el otro extremo del negocio, en la viña Au Bon Climat, su gerente general, Michael Meluskey, confirmó que también están recortando producción este año, aunque prefiere mirar el vaso medio lleno: la industria del vino, dice, atraviesa ciclos, y esta no es la primera vez que enfrenta una recesión —de hecho, la crisis financiera de 2008 golpeó incluso más fuerte que la actual.

Una crisis que no es solo de California

Aunque el reportaje se centra en California —que por sí sola produce cerca del 80% del vino que se bebe en Estados Unidos—, la caída en el consumo que describe no es un fenómeno exclusivamente californiano ni exclusivamente estadounidense. Según cifras de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el consumo mundial de vino cayó en 2025 a su nivel más bajo en más de seis décadas, arrastrado por factores muy similares a los que describe el caso californiano: menor consumo de alcohol entre las generaciones más jóvenes, preferencias de bebida cada vez más fragmentadas entre distintas categorías, y presiones económicas que están golpeando a mercados tan distintos entre sí como China, Francia o Estados Unidos.

Para cualquier persona que hace vino, lo vende, o simplemente le apasiona, el caso de California funciona como una fotografía bastante nítida de hacia dónde puede estar moviéndose la industria a nivel más amplio: un mercado que exige repensar variedades, formatos, precios y hasta la forma en que se le habla al consumidor más joven, que hoy simplemente no se siente tan identificado con el vino como generaciones anteriores.


Fuentes: The New York Times, San Francisco Examiner, GV Wire, The Cool Down, Newser, Dan Berger’s Wine Chronicles, Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV).

por José Rios