Mientras Washington y Pekín profundizan su disputa geopolítica, América Latina se ha convertido en uno de los terrenos donde esa competencia se juega con más fuerza. Y los números lo confirman: la región le está vendiendo cada vez más a China. Pero ese crecimiento no es casualidad ni un simple efecto de precios altos de commodities: es, en gran medida, el resultado de una estrategia que Pekín viene construyendo con paciencia desde hace más de una década.

El salto que muestran las cifras

Según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), China fue el comprador de bienes latinoamericanos que más rápido creció durante el primer trimestre de 2026: las exportaciones de la región hacia el gigante asiático subieron 25% respecto al mismo período del año anterior, mientras que las importaciones desde China se dispararon 29%. Estados Unidos sigue siendo el principal mercado para la región en términos absolutos, pero ese liderazgo se sostiene sobre todo por su relación comercial con México y Centroamérica. En gran parte de Sudamérica, China ya es el socio que lidera.

El comercio total entre China y América Latina alcanzó los 518.000 millones de dólares en 2024, y las proyecciones apuntan a que podría superar los 700.000 millones hacia 2035. Para dimensionar el salto: entre 2000 y 2020 ese intercambio se multiplicó 26 veces, al pasar de 12.000 millones a 315.000 millones de dólares.

Qué le compra y qué le vende China a la región

El patrón es bastante consistente entre países: China exporta a Latinoamérica teléfonos, tecnología verde (paneles solares, motores eléctricos) y componentes para la transición energética, mientras que importa sobre todo materias primas: cobre, litio, hierro, petróleo crudo y alimentos como la soya y el pescado. El reciente repunte exportador de la región hacia China responde en gran medida a la valorización de un grupo acotado de commodities, especialmente oro, cobre y petróleo.

Esa concentración es también la principal advertencia que hace el BID: gran parte del avance no refleja una diversificación real de lo que la región le vende al mundo, sino el alza de precios de un puñado de productos. Una caída en esas cotizaciones internacionales podría revertir buena parte del ciclo de crecimiento actual, dejando a las economías latinoamericanas más expuestas a las oscilaciones del mercado global.

El agro, en el centro de la relación

Para el sector agrícola, el vínculo con China no es un dato abstracto. Brasil es el ejemplo más claro: el gigante estatal chino COFCO International ha invertido alrededor de 285 millones de dólares en los últimos años, incluyendo la compra de casi mil vagones y 23 locomotoras para reforzar la red ferroviaria operada por Rumo hacia su terminal en el puerto de Santos, reduciendo así la dependencia del transporte por camión. En paralelo, Rumo y el estado de Mato Grosso construyen una línea de 730 kilómetros que extenderá ese servicio ferroviario hasta el corazón agrícola del estado, conectándolo con las líneas que ya llegan a Santos.

A esa lógica responde también el megapuerto de Chancay, en Perú, inaugurado a fines de 2024 con capital chino y pensado como un nuevo hub logístico regional. Una vez completado, hacia 2035, se espera que se convierta en el tercer puerto más grande de la región, capaz de mover cobre y arándanos peruanos, pero también soya brasileña y otros commodities agrícolas desde distintos países de Sudamérica, reduciendo tiempos de tránsito marítimo hacia Asia y costos logísticos.

Una estrategia con nombre y hoja de ruta: la Franja y la Ruta

Distintos análisis coinciden en que el avance chino en la región no responde a coyuntura, sino a una estrategia deliberada de largo plazo: asegurar el acceso a recursos naturales críticos, abrir mercados para sus manufacturas y consolidar presencia económica y política en una región rica en minerales estratégicos y con peso creciente en las cadenas globales de suministro.

El vehículo central de esa estrategia es la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), lanzada por Pekín en 2013 con el objetivo declarado de exportar su exceso de capacidad industrial, asegurar rutas de suministro energético y ampliar su influencia económica y política a nivel global. Hoy, más de 20 países de América Latina y el Caribe forman parte de esta iniciativa, que en la región se ha traducido sobre todo en inversiones en energía, transporte y telecomunicaciones. Brasil y México, pese a mantener una relación comercial muy relevante con China, todavía no se han adherido formalmente.

A ese esquema se suma un pilar menos visible pero igual de estratégico: el llamado “poder blando” chino, que busca influir en percepciones y posicionamiento político más allá de la coerción económica o militar directa. Esto incluye foros de cooperación birregional como el CELAC-China, cada vez más central en el vínculo entre Pekín y la región, y un discurso diplomático que China ha usado para posicionarse como socio “no injerencista” frente a Washington: por ejemplo, respaldando al gobierno de Nicolás Maduro frente a las presiones estadounidenses y cuestionando en el Consejo de Seguridad de la ONU cualquier acción que, a su juicio, vulnere la soberanía de los Estados.

En el plano más concreto, esa estrategia se ha traducido en una ola de tratados de libre comercio con distintos países de la región, que redujeron aranceles y dieron impulso a exportaciones tan diversas como el atún ecuatoriano, la fruta peruana o el cobre chileno. Y no se limita al comercio de bienes: la inversión china en infraestructura de transporte, telecomunicaciones y saneamiento representa hoy cerca del 60% de los proyectos que el país asiático financia en la región, según la CEPAL.

“La estrategia de China es básicamente no ceder ni un centímetro”, resumió Ryan Berg, coautor de un análisis del centro de estudios estadounidense CSIS, sobre el enfoque de Pekín ante la creciente presión de Washington. Esa frase describe bien la lógica de fondo: mientras Estados Unidos intenta persuadir a los países de la región para que reduzcan su dependencia de China en sectores estratégicos —convocando incluso reuniones específicas con bloques de países para coordinar esa respuesta—, Pekín no ha mostrado señales de repliegue en ninguno de sus frentes de inversión.

El desafío que viene

Para buena parte de la región, el reto hacia adelante será equilibrar la presión de Washington —que busca reducir la dependencia latinoamericana de China en sectores estratégicos— con una relación que, más allá de sus asimetrías y de la advertencia del BID sobre la concentración en commodities, ya se ha convertido en uno de los principales motores de crecimiento para sus economías. El título de esta nota no es casual: lo que hoy se ve como una oleada de inversión y comercio es, en el fondo, el resultado visible de una estrategia que China trazó hace más de una década y que no muestra señales de desacelerar.

por José Rios