Entre sesiones de coaching y colmenas, Guadalupe García lleva adelante dos proyectos que, a primera vista, parecen mundos distintos: por un lado, un espacio de acompañamiento a mujeres a través de la nutrición holística y el coaching; por otro, un emprendimiento familiar de apicultura responsable en el límite entre Córdoba y La Rioja, Argentina. En esta conversación con Diario Agrícola cuenta cómo surgieron ambos proyectos, y por qué cree que están más conectados de lo que parece.
Cuéntame de tu trabajo como coach y nutricionista holística.
Estudié coaching en el IIN, una institución en Estados Unidos que forma coaches, y empecé a trabajar con pacientes enfocándome en el nicho de las mujeres, ayudándolas a sanar y a reconectar con su energía femenina y su bienestar. También soy nutricionista holística, y ahí descubrí un patrón: la mayoría de las mujeres que llegaban a mí ya habían pasado antes por médicos reconocidos, nutricionistas y muchas dietas, porque en Argentina —no sé si pasa igual en Chile— la cultura de la dieta y de la estética está muy arraigada: sacar el azúcar, la harina, correr más, ser productiva, ser mamá, tratar de combinar todo eso a la vez.
Lo distinto de esta forma de trabajar, según me han dicho mis propias pacientes, es que a los coaches nos entrenan para ser humildes: en vez de decir “yo sé lo que te conviene”, escuchamos y preguntamos, para que la propia paciente se reconecte con lo que su cuerpo ya sabe. El cuerpo es una inteligencia perfecta, tiene sabiduría, sabe dónde se desconectó y sabe cómo sanarse. Ahí tocamos temas emocionales y psicológicos, y la nutrición queda casi en un segundo plano, acompañando, porque muchas veces la mala relación con la comida no tiene que ver realmente con la comida. Mi enfoque de bienestar es simple y práctico, muy personalizado: tomar sol, poner los pies en la tierra, salir a caminar. Ese es el proyecto que llamamos Amura.
Cuéntame sobre la apicultura familiar.
Es un mundo que también llevo desde chica: mi papá es apicultor de toda la vida, empezó como hobby, y siempre nos dijo que teníamos que estar cerca de las abejas. Crecimos con gallinas, conejos, de todo, y siempre perdimos el miedo a las abejas porque mi papá trabajaba mucho con ellas, incluso practicando apiterapia con mi mamá cuando tenía dolores de espalda.
Tenemos un campo en el límite entre Córdoba y La Rioja que se quemó hace muchos años; lo que hicimos fue iniciar un proyecto de forestación con algarrobo negro, y hoy la miel que producen nuestras abejas es casi monofloral gracias a eso, con una textura cremosa y un color muy particular. Empezamos vendiendo en ferias cuando éramos adolescentes, con mi hermana, mi papá y mi mamá, tocando puertas de vecinos. El año pasado lo convertimos formalmente en empresa: juntamos capital, armamos tienda y branding, bajo el nombre Dos Reinas. Vendemos online y en dietéticas de Córdoba y Buenos Aires, con envíos a todo el país, aunque no tenemos tienda física. Empecé además a estudiar apicultura, y me di cuenta de que es un ámbito con muy pocas mujeres, así que también me interesa por ese lado.
¿Cómo es hoy la producción, y qué desafíos enfrenta el sector apícola?
Hoy tenemos 120 colmenas, y el año pasado cosechamos seis tambores, de 300 kilos cada uno. Estamos en proceso de certificación orgánica, pensando en poder exportar a futuro a través de convenios que existen desde Córdoba.
El sector apícola en general enfrenta un problema de valorización: Argentina tiene productos de altísima calidad, igual que Chile, y en el caso del vino o la carne, afuera se les reconoce mucho valor —pagan carísimo por un buen Malbec, por ejemplo—. Con la miel pasa distinto: los compradores llegan a pagarles muy poco a los apicultores porque compran a granel, en tambores, y después la cortan con glucosa y agua para revenderla afuera. Por eso hoy existe un movimiento entre apicultores argentinos para lograr que se valore la miel como marca, tal como pasa con el vino o la carne, y poder llegar a exportarla fraccionada y con nuestra propia marca, no a granel.
¿Cómo conectas estos dos mundos, el del bienestar y el de la apicultura?
El punto en común es el contacto con la naturaleza y cómo eso regula a las personas. Lo del grounding, poner los pies en la tierra, no es una moda hippie: estamos hechos para estar en la naturaleza, y eso baja nuestros niveles de estrés de forma real. Las abejas se comunican mucho a través de vibración, con el aleteo, y generan una frecuencia particular; estar cerca de ellas, tratándolas con respeto, se siente hermoso, y además nos recuerdan lo esencial que son: polinizan y nos dan cerca de un tercio de los alimentos que consumimos.
La apicultura además exige mucha paciencia, algo que hoy escasea: hay que respetar los tiempos de las abejas, protegerlas y dejarles comida en invierno, acompañarlas en verano. Con la miel, mi visión es que sea un producto genuino, cuidado, que podamos llevarlo a un nivel premium con nuestra propia marca y, eventualmente, exportarlo como orgánico. Y desde el lado nutricional, creo que la gente cada vez entiende más que no se trata de sumar suplementos, sino de volver a lo simple: la miel es algo natural, al alcance de la mano, que uso todo el tiempo para dar energía o para endulzar cualquier preparación, sin necesidad de complicarlo con procesados.
por Cristián Valenzuela
