Abogada y comunicadora de profesión, Cheryl Victoria heredó una finca en República Dominicana que casi nadie creía que ella podría sacar adelante. Hoy es la cabeza de Finca Doña Cher (@fincadonacher), autora del libro De tacos a botas, y mentora de decenas de mujeres y hombres en distintos países que buscan convertir su tierra en un negocio rentable. En esta conversación con Diario Agrícola cuenta cómo pasó del mundo empresarial urbano al campo, cómo nació su comunidad en redes sociales, y qué tendencia ve hoy en la gente que busca volver a lo natural.

¿Cómo llegaste al mundo agrícola?

Soy hija de veterinario. Mi papá nos llevaba de finca en finca toda la vida, tuvimos tres fincas familiares y, cuando no estábamos en la nuestra, estábamos en la de algún cliente suyo. Él estudió incluso en Texas A&M University, y tenía muy clara la realidad del campo, tan clara que no quiso que ninguna de sus tres hijos estudiáramos ciencias agropecuarias. Soy abogada y comunicadora; mis hermanos son ingeniero civil y administrador de empresas. Aun así, al morir nos dejó una finca a cada uno.

A mí me tocó la que estaba más cerca de la ciudad capital. Cuando mi papá murió, la primera reacción de la gente fue: “Vende la finca, tú no das para eso, eres mujer, nadie te va a ayudar”. En ese momento yo tenía mi propia empresa de telecomunicaciones, con sesenta empleados y varios puntos de venta, así que empecé a trabajar la finca en paralelo, con mucha dificultad, porque en República Dominicana —como en Chile— el agro es un sector muy masculino.

Para empezar a ordenar todo el conocimiento que había absorbido de niña viendo a mi papá, pero de forma desordenada, le arrendé una parte de la finca a un agropecuario con experiencia, con la segunda intención de ir cada semana a recoger información de su encargado y así aprender su método. Cuando se cumplió el plazo del arriendo, en vez de renovarlo le pedí de vuelta toda la tierra y empecé a construir mi propia forma de trabajarla, cambiando el modelo de negocio desde cero.

¿Cómo creció tu proyecto, y a qué te dedicas hoy en la finca?

Mi negocio de la ciudad siguió creciendo mientras tanto —llegué a tener 260 empleados y noventa puntos de venta—, con mucho estrés, y cada vez que me sentía mal me iba a la finca. Mi esposo notó lo importante que era esto para mí, y cuando llegó la pandemia, con todo cerrado, yo tenía permiso agropecuario para moverme libremente. Él me dijo: “Lo que estás haciendo, hazlo por tres, y si necesitas algo, no te va a faltar nada”. En ese momento llegué a tener 28 personas trabajando la finca. Mis hijos, que antes no querían ir nunca, empezaron a acompañarme; hoy dos son socios del proyecto y uno prácticamente vive ahí, ayudándome con la parte operativa mientras yo me dedico a enseñar.

Hoy tengo producción de leche, crianza de becerros y levante de novillas, un apiario donde produzco y vendo miel directo por redes sociales, cultivo de limón, y cultivos de temporada como sandía y pepino. Además organizo eventos —tres en la ciudad, tres en el campo— bajo el nombre Agroconecta, donde reúno a profesionales urbanos que heredaron o compraron tierra por emoción, sin saber qué hacer con ella, y los conecto con expertos que les explican cómo manejarla. En el campo los llevo a mi propia finca y les muestro que no es una finca perfecta, sino una finca real donde hago lo necesario para vivir de ella.

También tengo un programa de mentoría de noventa días donde enseño, paso a paso, cómo hacer una finca productiva, o cómo volver rentable una que ya existe. Por ejemplo, ayudé a una persona con una finca abandonada por cuatro años a levantar una cosecha de limones, un apiario, un área de camping y otra de team building; hoy esa finca funciona sola. Otro caso: una finca de cacao que solo perdía dinero, donde armamos un flujo de caja con una pequeña cría de guineas —un ave típica dominicana, muy usada en la gastronomía local— para cubrir los gastos fijos, mientras el cacao pasaba a ser pura ganancia. Esa misma dueña, cuando yo llegué a su finca, tenía literalmente el arca de Noé: dos animales de cada especie que se le fue cruzando y que ella creyó que era buena idea sumar. Sacamos casi todos, dejamos solo seis que eran netamente emocionales, metimos las guineas para generar flujo de caja mensual, y hoy ella está feliz con ese equilibrio entre lo productivo y lo emocional.

Por cierto, cuando hablo de “finca” y “granja” no son lo mismo para mí: la diferencia la hago por tamaño, en hectáreas. Una finca parte más o menos desde las treinta hectáreas para arriba; por debajo de eso, para mí es una granja.

¿Cómo nace tu contenido en redes sociales?

Empecé haciendo contenido para emprendedores, pensando que por ahí iba a funcionar. Pero un día, con apenas 660 seguidores, fui a un evento agropecuario, abrí cámara y comenté una ley compleja sobre aviación agrícola: tuvo 57 mil vistas en un día. Dos semanas después estaba en la finca recién arada, a punto de sembrar, y grabé un video donde de la cintura para arriba se me notaba que venía de un compromiso empresarial —con maquillaje— y de la cintura para abajo tenía botas de campo puestas. Ese video llegó a 250 mil vistas en un día, y ahí entendí: campo, finca, siembra, ese era el contenido.

Desde entonces, hace ya cuatro años, comparto contenido agropecuario todos los días, siempre de valor, sin espacio para relajo. De esa visibilidad nació mi libro, De tacos a botas, que cuenta esta doble vida que llevé siempre: estar en un evento empresarial mientras por dentro estaba pendiente de una vaca pariendo o de una plaga nueva en la cosecha, sin poder explicárselo a nadie en ese ambiente, porque nadie lo entendía. Hoy armé el espacio que en su momento no tenía: un club de finqueras que se reúne al menos una vez al mes, donde de un momento a otro podemos pasar de hablar de maquillaje a hablar de fumigación, abono o drones, sintiéndonos completamente seguras y sin que se vea raro.

¿A cuánta gente ayudas hoy, y desde dónde te siguen?

Hoy estoy cien por ciento dedicada al campo; mi negocio de telecomunicaciones quedó en manos de mi esposo, y yo apenas le dedico una hora al día. Actualmente estoy acompañando a diecinueve fincas en su proceso de mentoría, con clientes en Venezuela —algunos gestionando sus tierras a distancia desde Portugal o Italia—, Panamá, Costa Rica, Estados Unidos, República Dominicana, Colombia y El Salvador. La mayoría de mis clientes son personas que heredaron una finca o la compraron por emoción, empezaron el proceso, y se quedaron estancadas ahí, sin saber cómo avanzar.

¿Ves una tendencia de la gente volviendo al campo, buscando algo más natural?

Lo veo cada día. La gente busca respirar aire puro, bajar el estrés, encontrar una paz que las ciudades ya no ofrecen. A mí me pasó lo mismo: dirigía una operación de lunes a lunes, con noventa puntos de venta y mil ochocientos ítems distintos en movimiento, y me estaba volviendo loca sin darme cuenta. El campo te obliga a tener una paciencia enorme —perder una cosecha completa y volver a empezar, pasar una semana entera pendiente de un animal enfermo— y eso termina siendo un cambio radical de mentalidad. Hoy además se ve a figuras públicas de otros rubros apostando por el campo, desde deportistas con huertos y apiarios hasta empresarios tecnológicos invirtiendo en proyectos agrícolas, y creo que todo apunta hacia lo mismo: volver a lo natural.

Muchos psicólogos hoy recomiendan simplemente ir a un parque, sacarse los zapatos y pisar el pasto como forma de terapia. Y creo que los jóvenes todavía no ven todas las oportunidades reales que existen en el campo; muchos de los que sí las vemos nos hemos quedado bastante callados al respecto. En mi caso, encontré el negocio perfecto justo en mi pasión: literalmente, era mi hobby.

por Cristián Valenzuela