El lunes 3 de agosto, 80 Acres Farms, una de las empresas más reconocidas de la agricultura vertical en Estados Unidos, anunció que cierra sus operaciones después de una década en el negocio. La razón fue simple y contundente: no logró conseguir el capital necesario para seguir funcionando. Su cierre no es un hecho aislado, sino el capítulo más reciente de una crisis que lleva golpeando a esta industria desde 2022, y que hoy deja una pregunta abierta: ¿la agricultura vertical fue una tecnología que llegó demasiado temprano para su época, o el problema fue otro?
El fin de una década para 80 Acres Farms
80 Acres Farms fue fundada en 2015 en Cincinnati, Ohio, por Mike Zelkind y Tisha Livingston. En su mejor momento, la compañía operaba cinco granjas verticales completamente automatizadas, alimentadas con energía renovable, y llegó a abastecer a más de 18.000 puntos de venta minorista en todo Estados Unidos. La empresa levantó más de US$350 millones en financiamiento a lo largo de su historia —incluyendo una ronda Serie B de US$160 millones en 2021 liderada por General Atlantic— y el año pasado se había fusionado con Soli Organic para crear lo que ambas compañías describieron como una de las redes de agricultura indoor más grandes y avanzadas del mundo.
Pese a esa trayectoria, la compañía no logró sostenerse financieramente. Cerca de 300 personas se ven afectadas por el cierre, la mayoría de ellas en la zona de Cincinnati. Zelkind resumió el momento con una frase que refleja el orgullo y la frustración a la vez: “durante una década, nuestro equipo demostró que la agricultura vertical puede funcionar a escala”, aunque reconoció que, en las condiciones actuales, no pudieron conseguir el capital necesario para seguir adelante.
Una lista de caídas que no para de crecer
El caso de 80 Acres Farms se suma a una lista larga y conocida dentro de la industria. Plenty Unlimited, respaldada por inversionistas como Jeff Bezos y SoftBank, levantó cerca de US$940 millones y se declaró en quiebra (Capítulo 11) en marzo de 2025, con una valorización que cayó más de 99% desde su peak de US$1.900 millones; cerró su planta de Compton, California, después de que los precios de la energía subieran 15% en un año, lo que redujo su producción de hojas verdes en un 30%. Bowery Farming, que llegó a valer US$2.300 millones, levantó US$700 millones y dejó de operar en noviembre de 2024, golpeada por una demanda más débil de lo esperado y un brote de enfermedad vegetal que afectó varias de sus instalaciones. AeroFarms, pionera del rubro, se declaró en quiebra en 2023, logró reestructurarse, pero terminó cerrando de forma permanente su planta de Virginia en diciembre de 2025. AppHarvest, que había salido a bolsa en 2021 con una valorización de US$1.000 millones, liquidó por completo sus operaciones en 2023.
Según registros de la industria, solo durante 2025 se contabilizaron 14 quiebras de empresas de agricultura en ambientes controlados, sumando entre todas ellas más de US$1.370 millones en financiamiento levantado que terminó perdido. El contraste con años anteriores es brutal: el sector había recaudado casi US$8.000 millones a nivel global entre 2018 y 2022, pero desde entonces no ha logrado levantar ni US$1.000 millones en total, y la inversión en nuevos sistemas de cultivo cayó 53% solo en 2024.
Por qué la agricultura vertical no está funcionando como se esperaba
El problema de fondo, según coinciden distintos análisis de la industria, no es que la tecnología no funcione, sino que el modelo de negocio detrás de ella se construyó mal desde el inicio. Cultivar bajo techo implica pagar, con electricidad, por algo que el campo tradicional recibe gratis del sol: luz, calor y ventilación, lo que deja a este tipo de operación extremadamente expuesta a los vaivenes del costo energético. A eso se suma que muchas de estas empresas se comportaron más como startups tecnológicas que como negocios agrícolas: construyeron instalaciones gigantescas, invirtieron fuertemente en robótica personalizada y sueldos altos, y escalaron su tamaño antes de comprobar que el negocio realmente daba números, apostando a que la demanda y la rentabilidad llegarían después.
Ese enfoque funcionó mientras el capital de riesgo fue barato y abundante, entre 2015 y 2021. Pero cuando las condiciones financieras se endurecieron, muchas de estas compañías quedaron con estructuras de costos imposibles de sostener, produciendo principalmente hojas verdes —lechugas, verduras de hoja— que son cultivos de márgenes muy bajos y que, en varias regiones, compiten directamente con una agricultura tradicional muy eficiente. California, por ejemplo, es el estado que popularizó el cultivo masivo de lechuga iceberg gracias a su sol constante durante todo el año: instalar ahí una granja vertical para cultivar lo mismo que ya se produce de forma barata al aire libre nunca fue una ventaja competitiva clara.
Entonces, ¿llegó demasiado temprano?
La evidencia sugiere que la respuesta no es tan simple como un “sí” o un “no”. La tecnología en sí misma parece funcionar: 80 Acres Farms operó durante una década, abasteciendo miles de tiendas, y otras empresas del rubro llevan años produciendo alimentos de forma consistente en ambientes cerrados. El problema no fue tecnológico, sino financiero y estratégico: se construyó una industria entera apostando a un crecimiento acelerado antes de demostrar que el negocio era rentable, en cultivos de bajo margen que no siempre justificaban el altísimo costo energético de producirlos bajo techo. En ese sentido, más que “demasiado temprana”, la agricultura vertical fue una tecnología que se intentó escalar con el manual equivocado: el de una startup de software, aplicado a un negocio que, en el fondo, sigue siendo agricultura.
Quiénes sí están sobreviviendo, y qué hacen distinto
No todo el panorama es de cierres. Empresas como Oishii —enfocada en frutillas premium de alto valor— y una AeroFarms ya reestructurada han logrado mantenerse en pie, y comparten un patrón similar: disciplina en el gasto, acuerdos de venta asegurados antes de construir nueva capacidad productiva, e instalaciones dimensionadas de forma realista en vez de apostar a un crecimiento acelerado. La lección que deja esta ronda de quiebras, más que el fin de la agricultura vertical como concepto, parece ser el cierre de un ciclo: el de “construir primero y preguntar después” da paso a un enfoque mucho más conservador, donde primero se valida que el negocio funcione, y solo después se invierte en escalarlo.
Fuentes: CEAg World, Fox19 (WXIX), AgFunderNews, Greenhouse Management, WVXU, AgroNews, Foodlore, AGEYE, Kavout, Contain, The Conversation.
por José Rios
