Antes de convertirse en la creadora de contenido rural más seguida del mundo, Hannah Neeleman soñaba con bailar profesionalmente en Nueva York. Su historia —de las salas de ensayo de una de las escuelas de danza más exigentes del planeta a la administración de una marca de alimentos con millones de seguidores— es mucho más compleja de lo que sugiere el video perfecto de un pan recién horneado.
Una infancia mormona en Utah, y un sueño de danza
Hannah Neeleman, hoy de mediados de sus 30 años, creció en Springville, Utah, dentro de una familia perteneciente a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, junto a ocho hermanos. Su pasión por el ballet se manifestó temprano: a los 14 años ya había logrado ingresar a un programa de verano de la prestigiosa Escuela Juilliard, en Nueva York, uno de los conservatorios más exigentes y con menor tasa de admisión del mundo. “Mi meta era la ciudad de Nueva York. Me fui de casa a los 17 años y estaba tan emocionada de llegar allí, me encantaba esa energía. Iba a ser bailarina. Era una buena bailarina”, recordó en una entrevista con The Sunday Times en 2024.
Antes de instalarse definitivamente en Juilliard, Hannah —entonces de apellido Wright— ingresó también al programa de ballet teatral de la Universidad Brigham Young, en Utah, donde conoció a Daniel Neeleman, otro estudiante proveniente de una familia mormona adinerada, hijo de David Neeleman, fundador de las aerolíneas JetBlue y Breeze Airways.
Cómo se conocieron, y la maniobra del avión
Según relató la propia pareja en distintas entrevistas, Hannah rechazó inicialmente las invitaciones de Daniel. Él, sin embargo, no se dio por vencido: al enterarse de que ella volaría en un vuelo de JetBlue —la aerolínea fundada por su propio padre— utilizó sus contactos para conseguir el asiento justo al lado del de Hannah. La estrategia funcionó: comenzaron a salir, se comprometieron pocos meses después y se casaron en 2011, mientras Hannah todavía cursaba sus estudios en Juilliard.
Tras la boda, la pareja vivió primero en Manhattan y luego se trasladó a São Paulo, Brasil, por el trabajo de Daniel. Fue durante esa etapa brasileña, alojándose en distintos farm hotels, donde el matrimonio descubrió su interés por la vida de campo, una experiencia que terminaría definiendo el rumbo de sus vidas al regresar a Estados Unidos.
El nacimiento de Ballerina Farm
De regreso en Utah, Hannah y Daniel compraron en 2018 un predio de 328 acres cerca de Kamas, que se convertiría en Ballerina Farm. El nombre no fue idea de Hannah, sino de su hermano mayor, quien lo sugirió como un guiño directo a su formación como bailarina profesional. Según su propia biografía corporativa, Hannah se considera a sí misma fundadora y directora ejecutiva del proyecto, que hoy cría ganado, gallinas, ovejas y cerdos, con una operación propia de empaquetado de carne y una tienda online que vende desde pan de masa madre y miel hasta velas de cera de abeja, ropa y flores cultivadas en Ecuador.
Un matrimonio, nueve hijos y más de 20 millones de seguidores
La familia Neeleman ya suma nueve hijos: Hannah anunció su novena maternidad a través de un comercial de Farmer Protein, la línea de proteína en polvo que la marca lanzó en octubre de 2024, y confirmó el nacimiento del bebé en marzo de 2026. Hoy, Hannah acumula más de 20 millones de seguidores combinados en sus distintas redes sociales, compartiendo el día a día de la granja, recetas elaboradas desde cero y la crianza de sus hijos.
Lo que ella misma aclara sobre su rol
Pese a que buena parte del público la asocia con el movimiento de las “tradwives” (esposas tradicionales), Hannah ha sido explícita en marcar distancia con esa etiqueta: no se identifica necesariamente como tal, y en cambio se define, junto a Daniel, como co-CEO del negocio familiar.
Lo que viene
Con un negocio que ya trasciende largamente el contenido de redes sociales —incluyendo una línea propia de suplementos y una tienda de productos de granja con alcance nacional en Estados Unidos— la historia de Hannah Neeleman ilustra un patrón cada vez más claro dentro del negocio de los alimentos: una narrativa personal creíble, sumada a una operación productiva real, puede convertirse en uno de los activos más valiosos de una marca contemporánea, mucho más allá del propio producto que vende.
por Juan Lagos
