Pasó quince años en el mundo corporativo, lideró equipos en toda Latinoamérica y hoy cultiva lavanda en un país donde casi nadie lo hacía. Mónica Boada, colombiana, es fundadora de Papiro, una marca de bienestar que nació de un problema de salud de su hija y que hoy se vende en farmacias, mientras levanta una ronda de capital para salir a exportar. Papiro Salud Botánica, como se llama formalmente la empresa, partió con un destilador prestado para probar aceites esenciales y hoy reúne un portafolio de 13 productos, entre aceites esenciales, sales y vinagre de lavanda, repelente natural, exfoliante, miel, tres versiones de roll-on e infusiones. En esta entrevista con Diario Agrícola, Mónica cuenta cómo pasó de la tecnología y el networking a una finca de hectárea y media, por qué adaptar la planta al clima tropical le tomó años y cómo quiere convertir su cultivo en un modelo de economía circular.

¿Cuál fue tu camino antes de llegar a la lavanda?

Pasé unos quince años en el mundo corporativo. Mi carrera partió en una empresa farmacéutica, y eso es relevante, ya vas a ver por qué. Después trabajé varios años en una multinacional de tecnología, atendiendo clientes de la región, y viajaba un montón. Más tarde lideré un equipo de crecimiento y luego me asocié a una empresa que se dedicaba a la migración de datos a la nube, donde ayudé a abrir la operación en Colombia y Perú.

En esos años tuve problemas de salud a los que nunca les puse mucha atención, hasta que después del nacimiento de mi segunda hija mi vida cambió de un día para otro y tuve que bajarle el ritmo a los viajes. Poco después, nuestro principal cliente empezó a recibir competencia, nos fue devolviendo recursos y en unos cuatro meses la empresa quebró. Mi esposo trabajaba ahí también, así que nos quedamos los dos sin trabajo ni ingresos.

En medio de eso fundé Altuara Networking. Siempre me llamaban para agradecerme por haber presentado a alguien y haber cerrado un negocio fenomenal, y me di cuenta de que tenía una habilidad para conectar personas y de que tenía que lograr monetizarla. Eso todavía lo hago hoy en paralelo.

¿Cómo nace Papiro?

Nace de mi hija. Cuando tenía cuatro años y medio le diagnosticaron una rinitis alérgica y le formularon un medicamento. Unas semanas después empezó con una crisis de ansiedad que yo no entendía, porque era muy chica para reconocer lo que le pasaba. Llevábamos casi tres meses así, sin dormir nadie en la casa.

Una amiga me dijo: “Ponle aceite de lavanda”. Lo puse en un difusor y esa noche durmió, y la siguiente también. Ahí pensé: si el aceite de lavanda la ayuda a dormir, ¿qué más puede ayudarla con los síntomas de la rinitis para bajar el medicamento? Empecé a investigar, compré aceites esenciales y le armé un roll-on (un frasquito con bolilla para aplicar el aceite en la piel) para que lo llevara al colegio. Poco a poco fuimos bajando el antihistamínico y la ansiedad se fue reduciendo.

Un día llegó del colegio y me dijo: “Quiero crear una marca de aceites esenciales que se llame Papiro, para ayudar a más niños a que no tengan los mismos síntomas que yo”. Ahí se me voló el cerebro. Hoy ella es dueña del 15% de la compañía, por decisión unánime suya.

Colombia casi no produce aceites esenciales. ¿Cómo empezaste a cultivar lavanda?

Lo primero fue investigar: me di cuenta de que Colombia, siendo un país muy agrícola, enfocado en el café, las flores y el aguacate, no producía ni exportaba aceites esenciales, y que nadie cultivaba lavanda en serio. Hay cultivos silvestres muy pequeños, pero nada más.

Me fui a Bucaramanga a conocer a Elena Stashenko, que lidera el centro de investigación de aceites esenciales del país y está entre las científicas más importantes del mundo en el tema, y me certifiqué en su curso. Después traje semilla de lavanda angustifolia desde Estados Unidos, que es la que realmente produce el aceite con todas sus propiedades, y empecé a propagarla con prueba y error.

Me tomó entre dos años y dos años y medio lograr que las plantas se acostumbraran al clima colombiano, porque están hechas para países con estaciones y acá no las hay. El resultado fue que aquí la lavanda florece todo el año, cosa que en Estados Unidos o en Europa no pasa. Hoy el cultivo es pequeño, de hectárea y media, y los primeros tres o cuatro años ni siquiera llegó al punto de equilibrio: no importa cuánto dinero tengas, las plantas se demoran en crecer.

¿Cómo lograste producir y vender mientras el cultivo crecía?

Al principio pensé que iba a sacar aceites esenciales, pero entendí que no tenía lavanda suficiente. Entonces hice alianzas con exportadores de aromáticas del país para comprarles lo que no exportaban, porque se pierde mucho material vegetal que estéticamente no cumple con lo que se puede enviar. Con eso hacía aceites esenciales y también aromáticas secas para tés. La misma planta de albahaca, por ejemplo, la podía convertir en aceite o secar para infusiones.

Como me gusta mucho el lado holístico y el de las plantas, seguí estudiando y desarrollando fórmulas: baños, sales, aceites. Llegué a tener cuarenta y cinco productos diferentes. Más adelante, para poder entrar a retail y exportar hay que tener ciertos permisos que solo entrega un laboratorio, así que hoy todos los productos los fabrican laboratorios en el país. Ya estamos en farmacias grandes, entrando a algunos retails, y estamos en una ronda de capital para empezar a exportar y crecer.

¿Qué papel cumple hoy el cultivo?

Se convirtió en un centro de experiencias, donde la gente puede ir, aprender a hacer distintos productos y conocer el lado holístico y agrícola de la lavanda. Funcionamos con economía circular completa: hacemos nuestros propios bioinsumos con las hojas que caen de los árboles y, mezclándolas con algunas aromáticas, logramos una fumigación cien por ciento natural. En el cultivo y la producción empleamos solo a madres cabeza de familia.

También le suministro lavanda a empresas de aromáticas que están empezando a crecer en el país, y quiero crear una cooperativa nacional de lavanda, para tener más aliados en el cultivo. La demanda mundial está creciendo, entre otras cosas por su uso en medicinas: se dice que alrededor del 70% de los medicamentos tiene algún compuesto de origen vegetal.

¿Cuál ha sido el mayor desafío de emprender en esto?

Uno cultural. Hay una marca muy grande de productos para limpiar pisos que hace años posicionó la lavanda como el olor del baño y de la limpieza. Uno tiene en el cerebro el chip de que ese es el olor de los productos de baño, y cambiarlo ha sido un desafío enorme.

El otro fue personal: exponerme en redes sociales, porque yo no tenía ni siquiera cuentas cuando empecé la marca. Y también el desgaste. Hasta marzo de este año seguía en el mundo corporativo: de cuatro a seis y media de la mañana trabajaba en la marca, después llevaba a mis hijas al colegio, de ocho a cinco lideraba un equipo de ocho personas para una multinacional, y los fines de semana también. A fines del año pasado terminé en un burnout muy fuerte y entendí que no podía seguir con las dos cosas. Renuncié en marzo.

Lo conté en un video donde expliqué que renuncié a mis cuarenta no por valentía, sino por coherencia: no podía vender productos de bienestar en medio de un burnout. Ese video tiene más de 165 mil reproducciones y me trajo unos cinco mil seguidores. Me demuestra que hay mucha gente buscando cambiar de vida y volver a lo natural.

¿Qué mensaje le dejarías a quien está pensando en dar un giro así?

Que el emprendimiento te pone frente a todos tus miedos para que los superes, y que sí se puede tener un cambio de vida radical, incluso sin buscarlo. Han sido más de seis años de investigación, certificaciones y momentos muy frustrantes, y me cuestioné mil veces si este era el camino. Pero cada vez me convenzo más de que sí lo era. Y hoy me atrevo a decir que no hay nadie más en Colombia dedicado a un proyecto de lavanda como el nuestro, uno que no nació como una marca, sino de una historia real.

Papiro, más allá de la entrevista

La investigación de Mónica se apoyó en el trabajo del centro de investigación en plantas aromáticas y medicinales tropicales de la Universidad Industrial de Santander, que lidera Elena Stashenko. Sus primeras pruebas las hizo con un pequeño destilador prestado y luego las analizó en laboratorio, mientras buscaba productores de romero, menta, albahaca y laurel. El punto de quiebre llegó al ver que una empresa le compraba apenas cinco kilos de lavanda al mes para sus infusiones: al calcular cuánto valía esa cantidad convertida en producto final, entendió que había una oportunidad en vender directamente al consumidor. De los cerca de 45 productos que llegó a formular, hoy conserva 13.

Entre finales del año pasado y comienzos de este, Mónica diseñó la marca, revisó fórmulas, armó un modelo financiero y organizó la empresa, a la que se dedica por completo desde marzo de 2026. Según ha contado, sus productos cuentan con registro sanitario del Invima, la autoridad sanitaria colombiana, cuando corresponde, y las infusiones son lo que más rotación tiene. Busca crecer en comercio electrónico y retail, y ya tiene acercamientos comerciales con Chile y México. Aún trabaja en sus bioinsumos, que siguen en pruebas de laboratorio para confirmar su viabilidad comercial.

El camino no ha sido lineal: se retiraron socios, algunas investigaciones no pudieron continuar y hubo dificultades de financiamiento. Mónica también aclara que su propuesta acompaña los tratamientos de salud, pero no los reemplaza. Y mira hacia adelante con una idea concreta: abrir una botica contemporánea, una tienda con productos terminados y también aceites esenciales y materias primas para que cada persona haga sus propias mezclas.

por Cristián Valenzuela