José Israel Brito es oriundo de Monción, Santiago Rodríguez, en República Dominicana. Médico veterinario y zootecnista, es cuarta generación de una familia ganadera y hoy suma más de 568.000 seguidores en Instagram (@agroliferd) y cerca de 200.000 suscriptores en YouTube gracias a su contenido sobre ganadería y porcicultura. En esta conversación con Diario Agrícola cuenta cómo nació la Escuela de Porcicultores, cómo ve el estado de la ganadería en su país, y en qué consiste MoneyAgro, la aplicación con la que busca resolver uno de los problemas más comunes del pequeño productor: no saber cuánto realmente gana.

¿Cómo llegaste al mundo agrícola y ganadero?

Yo no comencé en esto, nací en esto. Soy cuarta generación de agricultores y ganaderos en mi familia: mi abuelo, mi papá, mi tatarabuelo, todos se dedicaron al campo. No fue una decisión de un día, sino algo que traigo desde siempre. Nací en la ganadería, crecí en ella, y me especialicé sobre todo en producción: leche, carne, ganado de ceba y cerdos. Últimamente también me he ido metiendo en temas de agricultura, pero el área productiva animal sigue siendo lo que más me apasiona.

¿Cómo describirías el estado actual de la ganadería en República Dominicana?

Vamos un poco atrás en genética y manejo comparado con otros países que he podido conocer: tenemos buenas ganaderías, pero no somos tan competitivos como otras zonas, con sistemas de producción más eficientes y mejores vacas, como el caso de Norteamérica. El sector lechero en particular no está en su mejor momento, algo que pasa no solo aquí sino en buena parte de Centroamérica. Aun así, sigue siendo un sector que apasiona y del que dependen muchas familias, porque te da la posibilidad de generar ingresos casi a diario.

La comercialización de carne y leche es mayoritariamente local, aunque hace un par de años empezamos a exportar algo de carne de res, todavía poco. La producción de carne depende bastante de la de leche, porque la mayoría de los vientres vienen de ganado lechero; entonces cuando baja la producción lechera, sube el precio de la carne local y varios productores se vuelcan a ese mercado. Y como en todas partes, la importación desmedida golpea fuerte a los productores, sobre todo a los más pequeños, y ese efecto después va subiendo por toda la cadena.

¿Cómo nace tu contenido en redes sociales, y qué es la Escuela de Porcicultores?

Empecé al salir de la universidad. Me di cuenta de que pasaba entre cuatro y cinco horas diarias en el teléfono, y pensé: si Instagram me está usando a mí, voy a aprender a usarlo yo. Vi que no había casi nadie mostrando el campo en redes y que tenía que existir un público interesado en saber qué pasaba ahí, si se podía vivir de eso. Empecé con fotos, después video, armé una comunidad de unos diez mil seguidores en Instagram, y de ahí salté a YouTube, donde en el primer año llegamos a cien mil suscriptores. Siempre me defino como un creador de contenido con propósito: mis videos casi nunca son de estilo de vida, sino mostrando cómo hacer algo, por qué conviene tal práctica, cómo mejorar una producción.

Cuando ya tenía una comunidad grande, me surgió la necesidad de monetizar ese alcance. Al principio intenté vender ropa y accesorios —gorras, abrigos—, pero me di cuenta de que ese modelo no escalaba a nivel internacional: no tenía forma de hacerle llegar una gorra física a alguien que me veía desde México. Ahí, junto a una compañera dominicana que en ese momento cursaba una maestría en producción animal, creamos la Escuela de Porcicultores: un sitio web que enseña porcicultura desde cero a cualquier persona, sin importar su nivel académico ni sus recursos, desde el teléfono y desde cualquier país de habla hispana. Ese sí era un producto digital que podía llevar a cualquier parte del mundo. Hoy tenemos entre uno y dos alumnos nuevos por día, y hemos visto historias como la de ingenieros que terminaron su carrera, descubrieron que lo suyo era el campo, y hoy manejan entre sesenta y cien madres reproductoras.

Algo que tengo claro es que las redes sociales funcionan en un orden: primero son entretenimiento, después diversión, y por último educación. Si entiendes ese orden, logras generar el enganche necesario con quien te está viendo. A mí se me da bien entretener, pero siempre he tratado de que haya un propósito detrás: de hecho, hace poco le bajé el ritmo a la creación de contenido porque sentía que no le encontraba un propósito real a seguir solamente subiendo videos.

¿Qué feedback recibes de la gente que sigue tu contenido?

Lo más lindo es encontrarme con productores pequeños, sobre todo jóvenes de entre 18 y 25 años que salen del colegio sin saber bien qué hacer, toman el curso, empiezan criando cinco cerdos, después diez, veinte, cuarenta. Alguien que llega a manejar cuarenta cerdos aquí puede vivir perfectamente de eso, muy por encima del sueldo mínimo del país. Y el impacto no se queda solo en esa persona: ese productor compra insumos, va al veterinario, vende en su pueblo, así que termina moviendo a todo un ecosistema local, no solo a su propia familia.

¿Cuáles son tus planes a futuro?

Estamos trabajando en un proyecto que creo que puede cambiar la forma en que se maneja el agro en toda Centroamérica y el mundo de habla hispana: se llama MoneyAgro. Nace de un problema que viví yo mismo: hace unos meses vendimos un camión de cerdos y, honestamente, no podía decir con exactitud cuánto habíamos ganado. Si a mí me pasaba eso, seguro le pasaba a muchísima más gente. De hecho, en mi país —y creo que en buena parte de Latinoamérica— la mitad de los proyectos agroindustriales no llega a los cinco años, en gran parte porque los productores, sobre todo los pequeños, no llevamos buen control de nuestros números: no sabemos ganancia neta, mortalidad, conversión alimenticia, y muchos gastos se pierden en el camino.

MoneyAgro es, básicamente, un contador en el bolsillo: registra inventario, calcula mortalidad en tiempo real, conversión alimenticia, ganancia neta, genera reportes financieros y estructura de costos, y funciona sin necesidad de internet, porque está pensado para usarse directamente en el campo. También permite comparar el desempeño real de un lote contra su tabla genética original, para saber si va mejor o peor de lo esperado, y tiene un módulo de agricultura donde se puede gestionar una siembra desde cero, con fecha y rendimiento esperado por hectárea, hasta llegar a saber cuántos kilos se producen por metro cuadrado, algo que hoy casi nadie mide en República Dominicana. Llevamos apenas un mes desde que lanzamos el MVP y ya tenemos entre 120 y 130 usuarios, solo por recomendación boca a boca, con usuarios además en Colombia y Costa Rica. Estamos por lanzar también una versión Pro, que permite manejar distintos roles dentro de una misma operación —administrador, contable, técnico de terreno— para que el dueño pueda revisar sus lotes desde cualquier lugar.

Todo lo hemos financiado con capital propio —incluyendo el dinero que generan mi ganadería y mi porcicultura—, porque en mi país todavía no existe mucha cultura de inversión para este tipo de proyectos agro. Hoy tiene un costo mensual bajo, pero mi meta a futuro es que sea gratuito: para mí este proyecto es tanto un compromiso social como un negocio, y quiero que cualquier productor, sin importar su tamaño, pueda acceder a esa información sobre su propio negocio. Al final, encontrar un propósito real y un problema real que resolver es lo que de verdad me apasiona; puedo hacer un video que llegue a un millón de personas, pero si no tiene un propósito detrás, para mí pierde el sentido.


Desde Diario Agrícola seguiremos mostrando las historias de quienes producen la tierra, desde Chile hasta República Dominicana y el resto del mundo, en distintas escalas y formas de trabajar.

por Cristián Valenzuela