El 13 de noviembre de 2025, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) anunció en Roma un reconocimiento que pasó bastante desapercibido en la prensa chilena, pese a su relevancia: dos sistemas agrícolas ancestrales de Chile fueron incorporados a la lista de Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (GIAHS), por su sigla en inglés, un programa insignia de la FAO que identifica, protege y apoya sistemas agrícolas con alta biodiversidad, prácticas alimentarias resilientes y profundas raíces culturales. Con este anuncio, Chile pasó a tener tres sistemas reconocidos bajo este sello, uno de los más exigentes que existen a nivel mundial para valorar el patrimonio agrícola vivo.
El primero: los camélidos del altiplano
El primer sitio reconocido es el Sistema Integrado de Ganadería Camélida y Agricultura Altoandina y de la Precordillera Norte de Chile, ubicado en las regiones de Antofagasta, Arica y Parinacota y Tarapacá. Ahí, comunidades indígenas aymara, quechua y likan antay sostienen desde hace milenios un sistema que integra la crianza de camélidos —principalmente llamas y alpacas— con el cultivo de especies andinas nativas como la quinoa, el maíz y la papa, entre los 3.000 y los 4.500 metros de altura.
Es un sistema adaptado a condiciones climáticas extremas: variaciones de temperatura, aridez y escasez de agua. El paisaje combina bosques nativos, humedales y suelos volcánicos, y en algunos sectores se superpone con áreas silvestres protegidas y sitios reconocidos por la UNESCO. Según describe la propia FAO, el pastoreo rotativo y la trashumancia estacional ayudan a mantener las frágiles praderas de altura, mientras que terrazas de cultivo y sistemas de microrriego permiten producir alimentos en terrenos empinados y secos. La gobernanza colectiva del agua, basada en normas consuetudinarias, garantiza un uso equitativo del recurso, y las mujeres cumplen un rol central en la conservación de semillas, el procesamiento de alimentos y la transmisión del conocimiento entre generaciones.
El segundo: el territorio pehuenche
El segundo sitio reconocido es el Sistema Ancestral de la Cordillera Pehuenche, que integra huertas familiares, recolección y trashumancia en el territorio Ngulumapu, en la zona sur de la cordillera de los Andes chilenos. Ahí, comunidades mapuche-pehuenche han desarrollado un sistema agrícola resiliente que combina huertas familiares —manejadas principalmente por mujeres indígenas—, la recolección de plantas silvestres y la ganadería trashumante, con un vínculo profundo con el pewen (araucaria araucana).
Este sistema conecta praderas de invierno en las zonas bajas con pastizales de verano en altura —lo que se conoce como el ciclo de veranada e invernada—, permitiendo criar ganado vacuno, ovino, caprino y equino, que aporta carne, leche, lana y guano para los cultivos. El territorio pehuenche es, además, un punto caliente de biodiversidad, con especies que van desde los 200 hasta los 3.655 metros de altura, integrando bosques templados, valles de montaña y laderas volcánicas.
Chile ya suma tres sistemas, y no es el único en la región
Estos dos nuevos sitios se suman al Archipiélago de Chiloé, reconocido oficialmente como GIAHS bajo el nombre “Chiloé Agriculture” desde 2011, por la conservación de razas nativas como la oveja chilota y por la integración de la ganadería con los bosques nativos y la agroforestería tradicional. Con las nuevas incorporaciones, Chile queda con tres sistemas reconocidos —el número más alto de cualquier país de la región—, seguido por México con otros tres, Brasil y Ecuador con dos cada uno, y Perú con uno. En total, Latinoamérica y el Caribe suman 11 sistemas distribuidos en cinco países. A nivel global, la FAO ha reconocido hasta ahora 104 sistemas de patrimonio agrícola en todo el mundo, dentro de un programa que la propia FAO puso en marcha en 2002 y que ya lleva más de dos décadas identificando y protegiendo este tipo de sistemas agrícolas vivos.
La designación GIAHS no es solo un título honorífico: los países y comunidades reconocidas asumen el compromiso de desarrollar un plan de conservación dinámica para el sitio, que puede incluir apoyo técnico a las comunidades, desarrollo de áreas protegidas, actividades de agroturismo, creación de bancos de semillas para conservar variedades nativas en riesgo, y el uso de la propia etiqueta GIAHS para identificar y promocionar los productos tradicionales de esos territorios.
Kaveh Zahedi, director de la Oficina de Cambio Climático, Biodiversidad y Medio Ambiente de la FAO, sintetizó el espíritu del reconocimiento con una frase: el patrimonio agrícola “no es un legado del pasado, sino una base viva para el futuro”.
Un reconocimiento con continuidad detrás
Este tipo de designaciones no aparece de la nada: la FAO ha señalado que estos reconocimientos están vinculados a un trabajo de largo plazo en Chile para documentar y fortalecer el patrimonio agrícola del país, apoyado por una iniciativa financiada por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF) e implementada por la FAO junto al Ministerio de Agricultura de Chile. Es la misma alianza —FAO, GEF y el Ministerio de Agricultura— que este año también impulsó, por otra vía, una inversión de US$39,2 millones para masificar la agricultura y ganadería regenerativa en el país, lo que sugiere una estrategia más amplia y sostenida de cooperación internacional en torno al patrimonio agrícola y ambiental chileno, más que hechos aislados.
Para un sector que muchas veces solo hace noticia por sus exportaciones o por eventos climáticos adversos, este tipo de reconocimientos deja algo distinto sobre la mesa: la idea de que el patrimonio agrícola de comunidades indígenas del altiplano y de la cordillera sur no es solo una curiosidad cultural, sino un modelo de manejo del territorio que hoy el organismo agrícola más importante del mundo pone como ejemplo a seguir.
por José Rios
