Tras las recientes declaraciones del ministro de Defensa, Fernando Barros, en torno a definiciones políticas y figuras públicas (ver noticia original: https://www.emol.com/noticias/Nacional/2026/03/22/1195012/ministro-barros-gobierno-kast.html ), surge una pregunta inevitable en el sur del país: ¿cómo reciben estas señales quienes han vivido directamente los hechos de violencia en sus territorios?
En medio del escenario político actual, con un gobierno en ejercicio que comienza a delinear sus señales públicas, hay una dimensión que rara vez ocupa el centro de la discusión: la mirada de quienes han sido víctimas de terrorismo en la macrozona sur.
Mientras desde Santiago se entregan definiciones y se ordenan posiciones, en localidades como Contulmo, Tirúa, Quidico, Ercilla, Collipulli, Lumaco y Cañete, el debate adquiere otro tono. Allí, las palabras no solo se interpretan en clave política, sino también desde la experiencia acumulada de años marcados por ataques incendiarios, amenazas y pérdidas humanas y materiales.
Casos emblemáticos han dejado huella profunda. El ataque al Molino Grollmus, en la comuna de Contulmo, marcó uno de los episodios más impactantes en la zona, no solo por la destrucción de infraestructura productiva con más de un siglo de historia, sino también por las graves consecuencias humanas que dejó entre las víctimas.
A este hecho se suman otros casos que han marcado la historia reciente del conflicto, como el asesinato del matrimonio Luchsinger-Mackay en Vilcún, los reiterados ataques a camiones forestales en rutas de La Araucanía y los atentados en predios agrícolas en la provincia de Arauco, configurando un escenario que, para muchos habitantes, sigue lejos de resolverse.
Otro de los episodios que generó un fuerte impacto fue el asesinato de tres carabineros en la comuna de Cañete, un crimen que provocó conmoción a nivel nacional y reabrió el debate sobre la capacidad del Estado para garantizar seguridad incluso a sus propias fuerzas policiales en territorios complejos.
En ese contexto, cada señal proveniente del Gobierno —incluidas las declaraciones del ministro de Defensa— inevitablemente es leída desde una pregunta de fondo: ¿habrá cambios reales en la forma en que el Estado enfrenta la violencia en la macrozona sur?
Para quienes han vivido estos hechos, la discusión no pasa por nombres específicos, sino por algo más estructural: la sensación de seguridad, la presencia efectiva del Estado y la capacidad de prevenir nuevos ataques.
En conversaciones sostenidas en distintos momentos con agricultores, transportistas y familias de la zona, se repite una idea transversal: existe una distancia entre el debate político nacional y la realidad cotidiana en estos territorios. Mientras en el nivel central se analizan definiciones y señales desde el Gobierno, en el sur las preocupaciones siguen siendo concretas e inmediatas.
La referencia a figuras públicas o definiciones políticas puede parecer lejana frente a una realidad donde persisten episodios de violencia rural. Sin embargo, para muchas víctimas de terrorismo en la macrozona sur, estas señales sí importan, en la medida en que reflejan —o no— un cambio en la conducción política y en las prioridades del Estado.
La pregunta que queda abierta es inevitable: ¿cómo interpretan estas declaraciones quienes han visto sus hogares atacados, sus fuentes de trabajo destruidas o han perdido a familiares en hechos de violencia?
En lugares como Contulmo, Tirúa o Quidico, donde los episodios de conflicto han sido recurrentes, esa interrogante no es teórica. Se trata de una reflexión que cruza lo político con lo humano, y que vuelve a poner en evidencia una brecha que Chile aún no logra cerrar.
Más allá de las definiciones que se adopten desde el Gobierno en la capital, en la macrozona sur el foco sigue estando en lo esencial: recuperar la seguridad, restablecer confianzas y avanzar hacia una solución que entregue certezas a quienes, por años, han vivido en medio de la incertidumbre.
