La inflación global venía cediendo, pero las últimas semanas cambiaron el tono del debate económico. Lo que hasta enero parecía un proceso gradual de normalización hoy enfrenta un nuevo riesgo: el shock energético provocado por la guerra en Medio Oriente, que volvió a encarecer petróleo, gas y fertilizantes justo cuando los bancos centrales esperaban más espacio para relajar tasas.
El telón de fondo todavía era favorable. El FMI proyectó en enero que la inflación global bajaría de 4,1% en 2025 a 3,8% en 2026, mientras Naciones Unidas estimó una caída desde 3,4% a 3,1%. Además, la OCDE reportó que la inflación anual del bloque bajó a 3,3% en enero de 2026, desde 3,6% en diciembre.
El problema: la inflación baja, pero el costo de vida no se ha normalizado
Aunque la trayectoria general venía descendiendo, los niveles de precios siguen altos. La OCDE advirtió que, incluso con menor inflación, los precios siguen cerca de 36% por encima de los niveles previos a la pandemia en sus economías miembro. Esa es la clave del momento actual: la inflación se moderó, pero producir y vivir sigue siendo caro.
El nuevo factor de riesgo es el petróleo. Reuters informó que el conflicto con Irán llevó al Brent a superar los US$100 por barril y reabrió temores de inflación, menor crecimiento y un debate más complejo para la Reserva Federal y otros bancos centrales. El Tesoro australiano, por ejemplo, estimó que si el petróleo se mantiene en torno a US$100 durante buena parte del año, la inflación podría subir 0,75 puntos porcentuales y el PIB caer 0,2%; en un escenario más prolongado, el golpe podría ser aún mayor.
Qué puede pasar en los próximos meses
El panorama para los próximos meses combina tres presiones. La primera es energía. La segunda, transporte y logística. La tercera, fertilizantes y alimentos. Si el petróleo sigue alto, el traspaso a costos productivos será casi automático, sobre todo en economías importadoras de energía o muy dependientes del transporte terrestre y marítimo.
Reuters también reportó que las expectativas inflacionarias de corto plazo subieron con fuerza: en Estados Unidos el swap de inflación a un año tocó 3%, mientras las expectativas de inflación en países del G7 repuntaron al calor del petróleo y del gas. Aun así, las expectativas de largo plazo siguen relativamente contenidas, lo que sugiere que el mercado todavía ve este shock como grave, pero potencialmente transitorio.
En Europa, una encuesta de Reuters mostró que economistas esperan que el BCE mantenga su tasa de depósito en 2% durante 2026, aunque revisando al alza sus proyecciones de inflación por el shock petrolero. En Japón, el banco central también reconoció que el alza del crudo está agregando presión inflacionaria a una economía muy dependiente de la energía importada.
El efecto productivo: energía, fletes e insumos
Para el mundo productivo, el verdadero problema no es una cifra abstracta de IPC. Es el encarecimiento simultáneo de combustible, electricidad, transporte y materias primas. Eso pega directo en márgenes, sobre todo en sectores con costos logísticos altos o ciclos productivos largos.
En el caso de la agroindustria y de la producción de alimentos, este riesgo es aún más sensible, porque combina energía para riego, refrigeración y maquinaria; fletes internos y marítimos; y posible alza de fertilizantes y otros insumos. Esa conexión es una inferencia económica razonable a partir del alza en energía, gas y fertilizantes que ya reportan Reuters, la IEA y organismos multilaterales.
La inflación global no volvió al escenario de 2022. Pero dejó de verse como un problema resuelto.
Si el petróleo sigue tensionado y la guerra en Medio Oriente se prolonga, los próximos meses podrían traer una combinación incómoda: inflación más alta, crecimiento más débil y costos productivos aún más exigentes. Y para los sectores que producen, transforman o exportan alimentos, esa mezcla no es teórica. Es caja, margen y decisión de inversión.
Recurso recomendado (Banco Central de Chile)
Informe de Política Monetaria (IPoM) – Banco Central de Chile
